Muchas enfermedades en el mundo se comportan de manera aparentemente cíclica, es decir, “van y vienen”. Dieron la impresión de que habían sido erradicadas, pero luego, inesperadamente, regresaron. Eso es cierto, lo asegura la ciencia moderna. Sin embargo es la misma ciencia la que da cuenta que el regreso de esas enfermedades se debe a condiciones favorables para su reaparición. Si no existieran esos “caldos de cultivo” que se suceden después que algunas autoridades sanitarias van dejando a un lado la necesaria actividad permanente de vigilancia y ataque, porque creen que tales afecciones han sido erradicadas y bajan la guardia, otra, muy distinta, sería la situación actual.

Y al bajar la guardia es por donde se cuelan las viejas afecciones que reaparecen y se constituyen, como ocurre hoy día, en una enorme amenaza. Con la autoridad que se supone avala a la Organización Mundial de la Salud, es como la guerra contra conocidas enfermedades, debe ser permanente.

Jamás deberá bajarse la guardia. Porque apenas creemos que todo ha sido combatido, echamos a un lado lo que debiera ser constante lucha, permanente guerra, incansable vigilancia. Y es allí, en ese descuido, donde se le allana el camino para el regreso a las viejas enfermedades.

Las enfermedades infecciosas experimentaron un importante retroceso durante la primera mitad del siglo XX por las mejoras sanitarias y, en los años 40, por el desarrollo de antibióticos y vacunas. Avances posteriores contribuyeron a consolidar la idea de que la guerra contra las enfermedades infecciosas estaba casi ganada. Como consecuencia, fondos y esfuerzos se dedicaron a otros problemas.

La viruela quedó oficialmente erradicada en 1979 (el último caso se detectó en 1977). Otras seis enfermedades estaban a punto de desaparecer del planeta. La OMS calculó que la poliomielitis pasó a la historia a partir del año 2000.

La lepra es otra de las enfermedades pautada para que desapareciera con el fin del siglo XX. Los casos de lepra notificados llegaron a estar por debajo del millón de personas en 1996. una cantidad significativamente inferior a la que se registraba en 1985 (12 millones) y en 1991 (5.500.000. Sin embargo, la OMS calcula que en la actualidad hay más de dos millones enfermos de lepra en el mundo,). Todas las previsiones indican que la oncocercosis, la enfermedad de Chagas y el tétanos neonatal deberían ser erradicados en un futuro próximo siempre y cuando se mantenga el cerco epidemiológico.

Pero, algunos hechos corroboran que, aunque se han ganado algunas batallas, la guerra contra las enfermedades infecciosas sigue pendiente. Es decir, no hay que descuidarse. 17 de los 52 millones de personas que mueren anualmente en el mundo fallecen a causa de enfermedades infecciosas, la mayoría en África y el Sureste asiático.

Estas enfermedades son, hoy por hoy, la mayor causa de muertes prematuras en el mundo. Nueve de los 11 millones de muertes de niños menores de cinco años en los países en vías de desarrollo se atribuyen a estas enfermedades. Un 25 por ciento de ellas se podría prevenir con vacunas.

En adultos de entre 15 y 59 años, las infecciones causan un 20 por ciento de las muertes. Las enfermedades infecciosas están relacionadas, además, con ciertos tipos de cáncer, como son los de hígado y estómago. La OMS considera que la prevención de estas enfermedades infecciosas evitaría en torno a 1.500.000 casos de cáncer anuales. Las enfermedades infecciosas, incluida la tuberculosis y el Sida, le cuestan actualmente al mundo unos 300.000 millones de dólares al año.

La extensión de las enfermedades infecciosas está también asociada a la crisis de los servicios de sanidad públicos, el hacinamiento propio de las grandes ciudades, en las que la falta de agua y saneamiento adecuados se unen a la elevada densidad de población, y la creciente movilidad geográfica de las personas (más de 50 millones de personas usan transportes aéreos cada año).

En Venezuela, la situación es mucho más grave, porque en el país se desconoce el avance de estas enfermedades en la población, toda vez que las cifras no se corresponden con la realidad. El Gobierno –según opiniones versadas de Colegios Médicos del país– esconde la gravedad de esos avances y, en el peor de los casos las “maquilla” para hacer creer que no constituyen motivo de alta preocupación. No existen datos estadísticos reales sobre estos casos, y siempre se desconfía de lo que indica el gobierno.

Ciertas enfermedades infecciosas que se consideraban controladas y que habían dejado de representar un peligro para la salud pública venezolana y del mundo han vuelto a cobrar, en los últimos años, un auge insospechado. Son las llamadas enfermedades reemergentes, entre las que figura la tuberculosis cuya incidencia se ha incrementado a nivel mundial debido en parte a su asociación con la infección del Sida. También el dengue y el paludismo que se han reintroducido en países y continentes de donde habían desaparecido antes y donde los deteriorados sistemas de agua y saneamiento representan un caldo de cultivo ideal para su extensión.

Tal como ha advertido el director general de la OMS, enfermedades como el paludismo y la tuberculosis vuelven con más fuerza. La peste, la difteria, la fiebre dengue, la meningitis meningocóccica, la fiebre amarilla y el cólera reaparecen como problemas de salud pública tras muchos años de debilidad.

Junto a estas enfermedades ya citadas, en los últimos años han aparecido otras, llamadas emergentes, causadas por infecciones identificadas recientemente y anteriormente desconocidas que causan problemas de salud pública a nivel local o internacional. En los últimos 20 años se han identificado más de 30 enfermedades nuevas altamente contagiosas. En 1976, aparecieron la legionelosis y la criptosporidiasis; en 1981, el Sida; en 1989, la hepatitis C; en 1986, la encefalopatía bovina espongiforme, que afecta a las vacas y que podría estar relacionada con una nueva variedad de la enfermedad de Creutzfeld-Jakob. La fiebre hemorrágica del Ebola se detectó en Zaire en 1976. Una nueva cepa de cólera afectó a la India en 1992.

La organización mundial de la salud (OMS) considera que las infecciones ocasionadas por microorganismos multirresistentes son enfermedades emergentes, tal como ocurre en las llamadas “infecciones intrahospitalarias” y en cierto modo por la frecuente automedicación antibiótica.

La aparición de la gripe a en los últimos meses ha recordado al mundo la importancia de controlar las llamadas enfermedades emergentes, una serie de dolencias hasta hace poco restringidas a determinados países, cuyo origen suele ser animal, y relacionadas con la mayor movilidad de la población y con el cambio climático.

Existen virus con una alta capacidad de adaptación a nuevos medios, aunque a veces lo hacen con más éxito, como en el caso del sida, y otros con muy poco, con el ébola o el sars.

El cambio global ha modificado el medio ambiente y dolencias propias de determinados países se diseminan a toda velocidad, aumentando considerablemente el número de afectados.

El riesgo al contagio de microorganismos propios de enfermedades emergentes, generalmente de origen animal y propiciadas por la mayor movilidad de la población y el cambio climático, ha desatado el temor entre la clase científica y ha obligado a incrementar la investigación para lograr fármacos que venzan a estos virus y bacterias de de nuevas especies.

En la actualidad, una gran parte de los antibióticos disponibles no son aptos para el tratamiento de patógenos resistentes pertenecientes a un grupo de bacterias llamadas gramnegativas. Y la penicilina antibiótico efectivo al comienzo contra la amigdalitis estreptocócica e incluso la gonorrea ha disminuido significativamente su potencia.

Por esta razón, se impone un nuevo proyecto de investigación que profundice en el conocimiento de los procesos biológicos y de los mecanismos de crecimiento y división celular de las bacterias más resistentes a los fármacos. No tenemos la suficiente capacidad de reacción ante la diseminación de nuevas enfermedades.

Con la aparición de la gripe aviar se pensó que el origen geográfico de la misma era Asia, pero nadie pensó que la gripe a podría diseminarse a todo el mundo desde México D.F., que tiene un aeropuerto internacional, y llegaría a nueva Zelanda y Europa antes de darse a conocer el virus.

Dr. Avilio Méndez Flores