Los padres generalmente se preguntan si su hijo está bien nutrido, pero suelen tranquilizarse cuando alguien lo califica de gordito o rollizo, pero esta imagen debe preocupar y deben actuar rápidamente ante la sospecha de obesidad infantil, pues un pequeño con kilos de más tiene mayores probabilidades de llegar a adulto con el mismo problema.

Veinte de cada 100 niños, tanto de los países desarrollados como de los que están en vías de serlo, tienen sobrepeso u obesidad. Se trata de una cifra sumamente alta y alarmante si se considera que las principales causas de muerte (enfermedad cardiaca, diabetes y distintos tipos de cáncer) están cercanamente relacionadas con esas condiciones.

Un niño que llega a la adolescencia con sobrepeso estará muy propenso a ser obeso en su edad adulta,
En Venezuela es común regocijarse al ver a lactantes y preescolares rellenos, con sus brazos y piernas gorditas, con una prominente barriguita y sus pies cubiertos por una piel esponjosa. Pero esta no es la imagen ideal de un pequeño saludable (es normal que a un niño se le vean sus costillas). Este tipo de percepción errónea puede marcar el futuro del pequeño.

La obesidad puede describirse de múltiples formas. Con el objetivo de simplificar las interpretaciones, hoy en día la mayoría de las academias de Medicina califica como obeso al niño que tiene un peso corporal 20% superior al que le corresponde por su edad. La Organización Mundial de la Salud (OMS) utiliza el Índice de Masa Corporal (IMC) para evaluar la proporción peso/estatura. Este índice se calcula dividiendo el peso en kilogramos por el cuadrado de la talla en metros (kg/m2) y, entre otros aspectos, permite saber si un individuo está creciendo lo necesario y si su peso está cerca del promedio para quienes tienen su misma edad.

Los pediatras disponen de varias tablas que permiten medir el crecimiento de los niños y de las niñas. Su estudio puede servir para identificar alteraciones y los ayuda a definir cambios necesarios para prevenir o manejar el problema.

Es necesario hacer seguimiento y monitorear el peso desde el nacimiento, pues los niños demasiado grandes al nacer podrían tener una alta probabilidad de sufrir problemas de salud como el sobrepeso/obesidad y mayor riesgo de padecer enfermedades cardiovasculares en el futuro. De la misma forma, la relación talla-peso (ya sea como IMC o porcentaje de peso ideal) no debe ser descuidada. Para sorpresa de muchos padres, en el caso de los niños menores de dos años y cuando solamente se utilizan las curvas de peso/edad, “si el peso se encuentra arriba del 85avo percentil para su edad, podríamos estar ante un futuro niño mayor y, probablemente, adulto joven obeso.

La obesidad es un serio problema en todo el mundo. Cada año aumenta la cifra de obesos en Venezuela, así como en todos los países en vías de desarrollo.

Hay diversos factores que contribuyen con esta ola de obesidad. Existen los de tipo hereditario, que son, sin lugar a dudas, unos de los principales. Y es que un hijo de padre obeso tiene cinco veces más probabilidades de tener, a su vez, un niño obeso.

Hay genes que predisponen la acumulación de grasa excesiva, pero el niño también copiará algunos comportamientos del padre obeso. Es por ello que se habla de factores socio-culturales -incluyendo los hábitos alimentarios de la madre durante el embarazo-, que afectan la correcta alimentación de los niños. Si una mujer embarazada tiene un aumento de peso desproporcionado, y sumó más de 10 kilos, es probable que tenga un bebé muy grande. Los bebés muy grandes recién nacidos suelen tener algún problema de sobrepeso y diabetes en el futuro.

Los hábitos alimentarios de la familia tienen mucho que aportar a un niño. Si en la familia no se consumen frutas, vegetales y suficiente agua, el niño jamás aprenderá a ingerirlos en la escuela. Las comidas a deshoras y el exceso de carbohidratos y comidas fritas confunden al cuerpo, el cual, en muchos casos, puede comenzar a tener problemas con la insulina.

La dedicación al trabajo por parte de los padres, quienes se ven obligados a cumplir horarios cada vez más difíciles para así sustentar económicamente a la familia, también afecta la nutrición de los niños. En muchos casos se recurre a la comida rápida, a los alimentos fáciles de cocinar o empacados, procesados y eso implica que estos niños están nutriéndose muy mal, y en general, dejan de recibir nutrientes especiales como fibra y vitaminas que sólo vienen en los vegetales y frutas.

Otro aspecto, ligado íntimamente al tema laboral, es que cada vez se deja más de lado la lactancia materna. En muchos países, menos de 25% de los bebés menores de dos meses reciben lactancia materna exclusiva. Hacia los nueve meses, sólo 5% de los bebés la recibe. El uso de las fórmulas alternativas no ofrece las grandes propiedades nutricionales, inmunológicas y afectivas de la lactancia materna. La leche materna constituye el mejor alimento para cualquier niño menor de seis meses en cualquier lugar del mundo.

Las meriendas de los colegios así como los almuerzos, no suelen ser los de mejor calidad nutricional para los niños. Los padres deben asegurarse que los niños reciban una alimentación balanceada en casa. Generalmente, fuera de ella la posibilidad de comer frutas y vegetales es mucho menor, y es alta la oferta de carbohidratos, como pastas y papas fritas.

En el hogar, los niños están realizando menos actividad física. La inseguridad acosa a los hogares de miles de personas en todo el planeta, por lo que se convierte en la excusa de los padres para permitir muchas más horas frente al televisor, conectados a Internet o con los videojuegos. Los pequeños hacen menos deportes, están menos expuestos al sol y ni siquiera salen a jugar con los padres durante el fin de semana.

Las horas frente al televisor están muy involucradas con la obesidad (ocho horas de TV diarias incrementan cinco veces la posibilidad de obesidad). Otros factores que inciden son el no desayunar en casa y no dormir lo suficiente.

Dr. Avilio Méndez Flores