Estudios científicos han comprobado que la elevación de la insulina como consecuencia de la ingesta de azúcares, aumenta las hormonas masculinas en la mujer y las bajan en el hombre.

Las mujeres que comen azúcares, sobre todo al atardecer, presentan un aumento de testosterona en la sangre. La insulina actúa directamente en los ovarios estimulando la producción de la hormona masculina. De este efecto, deriva que las mujeres que consuman harinas en las horas nocturnas, a la vez que engordan más, tienen un aumento en el vello de la barbilla y en los senos, a la par que muestran un aumento de la grasa corporal en el abdomen, además de otros trastornos de la conducta femenina.

Por otro lado, se sospechaba que los gordos tienen deficiencias hormonales. La culpa de estas fallas es la insulina que se eleva cuando estos hombres comen “pancitos, tequeños y papitas en la noche”.

Al contrario de lo que les pasa a las mujeres, la insulina alta les produce, además de obesidad, una disminución de la síntesis de testosterona. “Cuando estos hombres alcanzan cierto grado de obesidad, gran parte de la testosterona es atrapada por el tejido graso acumulado en el abdomen y esto contribuye a disminuir más los niveles de hormona masculina en ellos, y los efectos de esa falla hormonal no se hacen esperar”.

No solo los gordos cambian su forma de ser. Las investigaciones demuestran que “somos como comemos” en buena medida.

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