Definición:

El sarampión es una enfermedad infecciosa, febril y contagiosa producida por un virus de la familia paramixovirus, que se caracteriza por un sarpullido (exantema en términos médicos) que comienza en la cara y se va extendiendo hacia el cuerpo y las extremidades.

Historia:

Aunque el sarampión fue referido en la antigüedad por médicos griegos y romanos, y confundido con otras enfermedades exantemáticas como la escarlatina y la viruela, fue Rhazes, un médico árabe, el que en siglo IX lo diferenció de la viruela, en su obra “De morbilis et variolis”.
Ingrassia en Italia y Sydenham en el Reino Unido lo diferenciaron de la escarlatina. A finales del siglo XVIII, Home, en Edimburgo, demostró la contagiosidad del sarampión y posteriormente Panum en 1846, en las islas Faroe, corroboró su contagiosidad, confirmó que la diseminación únicamente es a través de la vía respiratoria por contacto de un humano con otro, y precisó que el periodo de incubación era de 2 semanas aproximadamente y que proporcionaba inmunidad duradera de por vida.
En 1954, Enders y Peebles consiguieron cultivar el virus salvaje del sarampión en células de tejido renal humano, lo que supuso el paso previo para la obtención de la vacuna que empezó a utilizarse en EE.UU. en 1963.

Las primeras epidemias de sarampión registradas, tuvieron lugar en el Imperio Romano y en China hace 1800 años. Durante los siglos XVIII y XIX se reportaron varias epidemias de sarampión en Europa.
El primer reporte en América lo realizó John Hall en Boston en 1657. Home en 1758 intentó inmunizar contra sarampión utilizando una técnica similar a la variolización.

El enantema del sarampión fue descrito detalladamente por Koplik en 1896.
Los primeros que lograron aislar el agente infeccioso fueron Enders y Peebles en 1954, aislando el virus en cultivo de células renales humanas o simianas a partir de un paciente con sarampión. También demostraron la capacidad del suero de pacientes convalecientes de neutralizar el efecto citopático del virus.
El desarrollo de vacuna contra sarampión inició con la posibilidad de poder cultivar el virus, su adaptación para crecimiento y atenuación en cultivo tisular de embrión de pollo. Después de varios ensayos clínicos desde 1958 hasta 1962, se obtuvieron vacunas de sarampión crecidas en cultivos tisulares inactivadas (“muertas”) y atenuadas (“vivas”), disponibles para su uso general en 1963. En 1965 se iniciaron las Campañas Nacionales de vacunación contra sarampión en Estados Unidos.

La inmunización con la vacuna antisarampionosa tipo Schwarz se comenzó a finales de los años 60 y a finales de los años 70 se cambió la cepa Schwarz por la Edmonston Zagreb.

Contagio:

Se transmite por vía respiratoria, o sea, a través de los estornudos y la tos. Afecta sobre todo a niños o adultos jóvenes, aunque, afortunadamente, desde el comienzo de la vacunación la enfermedad es cada vez menos frecuente en países como el nuestro.
Se puede transmitir desde tres días antes de iniciar la fiebre y la tos, y hasta cuatro días después de que aparece la erupción o exantema.

Síntomas:

Después de un periodo variable, tras el contagio (de 7 a 14 días), el niño comienza con un cuadro catarral con gran afectación, con fiebre elevada, obstrucción nasal, tos seca y ojos rojos (conjuntivitis), que pueden ir acompañados de malestar general, dolores musculares, molestias con la luz (fotofobia) e hinchazón (edema) en los párpados. Unos 3 días más tarde aparece el sarpullido que se inicia en la cara y se va extendiendo en los 3 días siguientes hacia el cuerpo y extremidades, incluidas las palmas de las manos y las plantas de los pies. Coincidiendo con el inicio del exantema, pueden verse en la mucosa de la boca unas manchas blanquecinas que son muy típicas de la enfermedad y que pueden ayudar al diagnóstico (manchas de Koplick) aunque permanecen muy poco tiempo. En unos 4 a 6 días, el sarpullido va desapareciendo en el mismo sentido en que apareció, dejando algo de descamación. La recuperación completa se produce alrededor de los 7-10 días del inicio del exantema.

Diagnóstico:

El diagnóstico debe ser confirmado por un médico, ya que suele hacerse únicamente por los signos y síntomas (la clínica) y se necesita algo de experiencia para no confundirlo con otras enfermedades. Se confirma por laboratorio mediante muestras de sangre, orina y muestra de la garganta (exudado faríngeo):

Tratamiento:

No hay tratamiento específico.
En los casos típicos, el tratamiento se realiza en el domicilio y está dirigido a los síntomas, por lo que se utilizan antitérmicos para controlar la fiebre (p. ej. paracetamol), lavados frecuentes de los ojos, luz tenue (antes se ponía una luz roja en la habitación) y se aconseja ofrecer líquidos abundantes para prevenir la deshidratación. No se precisan antibióticos, a no ser que se haya surgido alguna complicación infecciosa bacteriana como la neumonía, etc.
Se debe evitar la ingesta de aspirina y jarabes con codeína en niños menores de 12 años.

Complicaciones:

A pesar de que se considera una enfermedad vírica benigna, el sarampión puede provocar complicaciones incluso en niños sanos. Las más frecuentes son la otitis media, la diarrea y la neumonía, pero las más graves, aunque raras, son las que afectan al sistema nervioso central (cerebro, cerebelo, etc.) como son la encefalitis (1 de cada 1000 casos) que se presenta en las semanas siguientes al sarampión o la panencefalitis esclerosante subaguda (1 de cada 100.000), que aparece años más tarde.

Si el sarampión afecta a personas que tienen disminuidas sus defensas (inmunodeprimidas) o están desnutridas (como en países del tercer mundo), la evolución puede ser mucho más complicada e incluso, poner en peligro la vida.

Prevención:

La mejor prevención es evitar el contagio por lo que, como los humanos somos el único reservorio del virus, si conseguimos que los niños no padezcan la enfermedad, el virus desaparecerá, como ya ha ocurrido con la viruela, otra enfermedad vírica que está erradicada.

Por el momento, la manera que tenemos de evitar que los niños padezcan el sarampión es que no entren en contacto con niños que lo padezcan y sobre todo vacunarlos.

La vacuna del sarampión se administra junto a las vacunas de otras dos enfermedades víricas: la rubeola y las paperas (parotiditis), en lo que se conoce como vacuna triple vírica. Los gérmenes que se introducen en el organismos a través de la inyección están vivos pero muy atenuados (no producen la enfermedad) de modo que permiten a los niños producir defensas (anticuerpos) frente a estas enfermedades, evitando que puedan padecerlas en el futuro. La vacuna se administra dentro del calendario vacunal en dos dosis, con la primera a partir del año de edad y la segunda un tiempo después, que puede variar desde los 3-4 años a los 11-14 años.

La vacuna es eficaz, es decir, evita la enfermedad durante el resto de la vida en más del 90 % de los niños con la primera dosis. Con la segunda dosis se consigue proteger a la mayoría de los que no quedaron protegidos con la primera. Además, la vacunación evita la aparición de las complicaciones neurológicas graves.

En algunos casos, puede haber dudas acerca de si un niño ha padecido alguna de las enfermedades contra las que protege la vacuna triple vírica. Esto no es muy importante, porque la recomendación actual es vacunar a los niños con la “triple vírica” a pesar de haber presentado alguna de las enfermedades (sarampión, rubéola o paperas).

La vacuna triple vírica, como cualquier medicamento, puede tener efectos secundarios no deseados que suelen ser leves. Los más frecuentes son molestias locales en el lugar de la inyección que aparecen el día de la administración o manifestaciones generales como fiebre o sarpullido leve (parecido al sarampión) que pueden aparecer una semana después (entre 5 y 12 días).

Aunque se ha relacionado a esta vacuna con diferentes enfermedades como autismo, diabetes, enfermedad inflamatoria intestinal, etc., no hay ninguna evidencia de tal relación, mientras que si la hay, como se ha podido comprobar en algunos países, entre la disminución de las coberturas vacunales (porcentaje de niños que han sido vacunados del total de los que debían estarlo) y la aparición de epidemias de sarampión.
En países en vías de desarrollo con problemas graves de malnutrición la administración preventiva de vitamina A, al aumentar la inmunidad o capacidad de defenderse de las infecciones, previene la mortalidad infantil por varias enfermedades infecciosas, entre ellas el sarampión.

Recomendaciones en caso de epidemia:

Niños: de 6 a 11 meses con una dosis de vacuna de sarampión-rubéola (doble viral o SR) preliminar haciendo énfasis que se debe de aplicar la dosis del esquema al año de edad; niños de 1 a 6 años que no han sido vacunados debe aplicarse vacuna sarampión-rubéola-parotiditis (Triple Viral o SRP) y a los de 7 a 39 años que no cuenten con antecedente de vacunación a partir del año 2000, se le aplicará sarampión-rubéola (doble viral o SR).

Así como a los trabajadores de: turismo, mercados, sexo comercial, de salud, del magisterio y alumnos de secundarias, preparatorias y profesionales que vivan o laboren alrededor de las áreas de riesgo.

Los adultos mayores de 40 años no ameritan vacunación porque hay una alta probabilidad de haber padecido la enfermedad y tener protección natural contra el sarampión.

Vacuna y embarazo:

En general no se ha observado que la aplicación de la vacuna provoque alguna alteración al feto o a la madre durante el embarazo, sin embargo, para evitar que algunos problemas se relacionen con la vacuna, se recomienda no aplicarla durante el embarazo, si esto llegase a ocurrir de manera accidental, no se debe practicar el aborto, será necesario estrechar la vigilancia del embarazo y de la mujer embarazada.

Dr. Avilio Méndez Flores

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