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Hígado graso

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Sinónimo:

Esteatosis hepática.

Consideraciones generales:

El hígado es un órgano conformado por dos lóbulos principales de los cuales el derecho es más grande que el izquierdo. El color café rojizo de este órgano se debe a la cápsula de tejido conectivo que lo cubre.

Es un órgano esencial para la vida. Posee más de dos mil funciones:

Sirve como un gran filtro que ayuda a remover de la sangre: toxinas, medicamentos, productos químicos, drogas o alcohol que de otro modo resultarían nocivos para el organismo.

Produce sustancias como la bilis que favorecen la digestión de alimentos y grasas.

Genera las principales proteínas del cuerpo (albúmina) para poder transportar con ellas los nutrientes a todas las células del organismo.

Produce factores de la coagulación que ayudan a detener hemorragias cuando se producen cortaduras.

Funciona como parte del sistema inmunológico de defensa que protege contra microorganismos que entran al cuerpo.

Según la Fundación Americana de Hígado, se considera normal que éste contenga un poco de grasa. Aún así, si esta acumulación de lípidos representa entre 5 y 10% del peso total del órgano, se habla de hígado graso.

Definición:

El término hígado graso se refiere a una amplia gama de alteraciones del hígado, donde la alteración fundamental es la acumulación excesiva de grasa (ácidos grasos y triglicéridos) en las células del hígado (hepatocitos). La acumulación de grasa en los hepatocitos puede llevar a inflamación hepática, con la posibilidad de desarrollar fibrosis y finalmente terminar en un daño hepático crónico (o cirrosis hepática).

En personas que no beben alcohol, se le conoce formalmente como enfermedad hepática grasa no alcohólica

Epidemiología:

El hallazgo de hígado graso es extremadamente frecuente. Esta enfermedad se asocia a los siguientes factores de riesgo:

  • Obesidad
  • Diabetes
  • Hipercolesterolemia
  • Hipertrigliceridemia
  • Sexo femenino
  • Antecedentes familiares

Puede ser causada como efecto secundario por el uso de los siguientes medicamentos:

  • Amiodarona (antiarritmico)
  • Drogas antivirales: análogos de nucleótidos
  • Aspirina / Anti-inflamatorios no esteroideos
  • Corticosteroides
  • Methotrexate
  • Nifedipina
  • Tamoxifeno
  • Tetraciclina
  • Ácido Valproico

Sin embargo, es cada vez más frecuente encontrar personas con hígado graso sin estos factores de riesgo. No todas las personas que tienen hígado graso van a desarrollar complicaciones o daño hepático crónico.

Las grasas que el organismo no sabe cómo aprovechar pueden almacenarse en los lugares más inadecuados. Aunque el espejo refiere potenciales rollos y curvas sobredimensionadas, los lípidos pueden ser lo suficientemente audaces como para instalarse sin remordimiento en las arterias o en órganos nobles como el hígado. Normalmente, la grasa que pasa por el hígado se metaboliza y sigue de largo; no se queda allí.

Predisposición:

Al margen de quienes beben, quienes tienen mayor probabilidad de presentar hígado graso son las personas diabéticas y las que tienen factores de riesgo para síndrome metabólico, como la obesidad, el sedentarismo y las alteraciones en el colesterol y los triglicéridos. Se calcula que 20 de cada 100 personas a las que se le diagnostica diabetes por lo general ya tienen hígado graso. De ésas, 5% podría evolucionar a un cáncer hepático si no toma las medidas necesarias para controlar su enfermedad.
Adicionalmente, una persona puede ser delgada -o con un índice de masa corporal adecuado según sus características-, puede no tener problemas de glicemia, altibajos de peso o tensión arterial y aún así estar acumulando grasa en su hígado por falta de actividad física.

Patogenia:

En una primera fase de la enfermedad ocurre la acumulación de grasa sin producir inflamación en el tejido hepático (no hay inflamación ni daños significativos del órgano). A ello se le llama hígado graso simple (también se usa el término esteatosis hepática). La presencia de grasa cambia en forma muy importante el aspecto y la función del hígado, pudiendo ocasionar inflamación hepática. Cuando esta ocurre se da lugar a la llamada esteatohepatitis no alcohólica (EHNA). La trascendencia de la EHNA radica en su potencial progresión hacia la cirrosis hepática, considerada una etapa avanzada de la enfermedad.

Las alteraciones propias del hígado graso no alcohólico (HGNA) comienzan con el hígado graso simple, considerada la anormalidad inicial en el HGNA. El hígado graso simple implica la sola acumulación de grasa en las células del hígado sin la presencia de inflamación o cicatrices en el órgano (fenómeno también llamado fibrosis hepática). La grasa se acumula en gotas dentro de las células del hígado y se compone principalmente de un tipo particular de grasa llamada triglicéridos. El hígado graso simple es una condición (benigna) e inofensiva, que significa que por sí mismo, no causa ningún daño significativo del hígado.

La etapa siguiente en grado de severidad en el espectro del HGNA es la esteatohepatitis no alcohólica (EHNA). Afortunadamente, solamente una fracción pequeña de los pacientes con hígado graso simple desarrollará EHNA. Según lo mencionado, la EHNA implica la acumulación de la grasa en las células del hígado así como la presencia de inflamación del hígado. Las células inflamatorias pueden dañar o destruir las células del hígado (necrosis hepatocelular).

Las evidencias sugieren que la EHNA, en contraste con el hígado graso simple, no es una condición inofensiva. Esto significa que la EHNA puede conducir en última instancia a que ocurran cicatrices en el hígado (que resultan de la muerte de las células de este órgano) y se progrese entonces a una fase avanzada e irreversible en la que el hígado tiene extensas cicatrices, se endurece y no puede funcionar normalmente. Ello corresponde a la cirrosis.

La cirrosis causada por la EHNA es la última y más severa etapa del HGNA. La cirrosis puede dar origen a complicaciones graves que incluyen el cáncer hepático y pueden determinar la necesidad de un trasplante. Aun no se conoce con exactitud la dinámica de progresión desde HGNA simple a EHNA y de EHNA a cirrosis. Sin embargo, individuos que desarrollan cualquiera de las tres etapas del HGNA (hígado graso simple, EHNA, o cirrosis) poseen factores de riesgo comunes.

Causas:

Hay hígados capaces de convivir con el excedente de grasa como quien acoge a un invitado inofensivo. La grasa está allí, pero el hígado no se inflama. Sin embargo, en otros pacientes, el hígado trata de defenderse y comienza a atacada como si fuera un cuerpo extraño. En esos casos se desarrolla una inflamación sostenida y persistente, que si no se trata, podría seguir avanzando por años hasta convertirse en una cirrosis, la tendencia natural del hígado es a regenerarse, pero de tanto repetirse ese proceso de inflamación y cicatrización durante muchos años, comienza a contar con cada vez menos tejido funcional y cada vez más tejido cicatricial, que no tiene ninguna utilidad. Por eso va perdiendo su capacidad.

La causa del HGNA (la acumulación de grasa en el hígado) no se conoce con certeza, pero hay algunos mecanismos que se han demostrado muy importantes en el desarrollo de la enfermedad:

Resistencia a la insulina y síndrome metabólico. Parece ser la causa fundamental. Esto significa que el organismo no maneja apropiadamente el azúcar que se consume en la dieta. Ello produce un exceso de azúcar en la sangre similar, pero menos marcado, a lo que ocurre en la diabetes. El páncreas detecta el exceso de azúcar en la sangre lo que produce un aumento de la insulina y finalmente acumulación de grasa en el hígado, pues esta es la forma de almacenar energía cuando hay exceso de ella.

Síntomas:

El hígado graso es una condición que carece de síntomas obvios.
Si acaso, la persona podría tener en algún momento dado cierta sensación de pesadez en el lugar donde se ubica el hígado, en la parte derecha del abdomen, pero en realidad no es un cuadro que se manifieste con señales evidentes. Cuando ya la inflamación lleva mucho tiempo, sí podrían aparecer otros síntomas. La Fundación Americana del Hígado cita entre ellos la fatiga, falta de apetito, dolor abdominal, pérdida de peso, náuseas y coloración amarillenta en piel y ojos.

El HGNA frecuentemente es asintomático y se diagnostica generalmente por accidente, cuando el paciente se realiza exámenes por otra causa. Infrecuentemente los pacientes pueden referir fatiga, malestar o incluso sensación de pesadez en el cuadrante superior derecho del abdomen. Raramente puede evidenciarse ictericia leve (coloración amarillenta de la piel y mucosas). Por definición, un consumo alcohólico superior a 20g/día (aproximadamente 25 ml/diarios) excluye esta condición.

Las alteraciones más frecuentes son elevaciones leves de transaminasas ALT o TGP, AST o TGO (usualmente se encuentra mayor elevación en la ALT que en la AST), GGT e incluso bilirrubina.

Algunas personas se quejan de dolor abdominal leve a moderado en el hipocondrio derecho (la zona donde se ubica el hígado). Sólo un pequeño porcentaje de pacientes presentan síntomas de insuficiencia hepática. Es importante la determinación de la VSG, glicemia, albúmina y el tiempo de protrombina.

Diagnostico:

Cuando se hace un eco abdominal, un médico puede observar superficialmente si hay grasa en este órgano. Si se hace una prueba de sangre, una enzima que se llama ALT también puede salir un poco alterada.

Aún así, un médico no debe conformarse y diagnosticar por eso que sólo se trata de un hígado graso; sería importante que a ese paciente lo vea un especialista en esto para descartar otras condiciones que pueden coexistir con el hígado graso, que también pueden inflamarlo y que requieren tratamiento como una hepatitis B o C, por ejemplo

Si bien la biopsia hepática es el único examen que permite asegurar el diagnóstico, no todas las personas en que se sospecha el diagnóstico de hígado graso son sometidas a este procedimiento. Esta muestra acumulación de grasa en los hepatocitos y puede haber además grados variables de inflamación y fibrosis. Es habitual hacer el diagnóstico presuntivo de hígado graso con imágenes sugerentes (ecografía, tomografía computada o resonancia magnética). La ecografía es una técnica moderadamente efectiva para el diagnóstico de esteatosis hepática y para la clasificación de la severidad de la enfermedad en la muestra global, existiendo una adecuada correlación entre los diferentes radiólogos que realizaron los informes. Por lo tanto si se realiza la ultrasonografía abdominal con los cortes estandarizados y se analiza el grado de infiltración grasa según los criterios que utilizamos se logra una correlación moderada con el compromiso histológico. Desafortunadamente, la ecografía no puede diferenciar esteatohepatitis de fibrosis y su sensibilidad cae marcadamente cuando el grado de esteatosis disminuye por debajo de un 30%.
La biopsia hepática es, sin embargo, el único examen que permite diferenciar entre “esteatosis simple” (acumulación de grasa) y “esteatohepatitis” (grasa asociada a inflamación y fibrosis).

Tratamiento:

No son casos que se resuelvan con un hepatoprotector. Se tratan mejorando la alimentación –limitando el consumo de grasas-, haciendo ejercicio varias veces a la semana, procurando que el colesterol se mantenga en niveles razonables y controlando la enfermedad de base si la hubiera, como la diabetes o el síndrome metabólico. No hablamos de una reversión total del problema, pero puede mejorar bastante. Después de los 40 años, sería ideal que cada quien se hiciera una prueba de ALT, un compuesto que se eleva en la sangre ante exceso de grasas, virus o toxicidad hepática. Así como uno está pendiente de su corazón o de sus riñones, también tiene que revisar su hígado.

Pronóstico:

La mayoría de las personas con hígado graso no van a desarrollar consecuencias graves de la enfermedad. Aproximadamente un 20% de los sujetos pueden tener algún grado de fibrosis hepática en la biopsia, lo que puede llevar a grados más avanzados de la enfermedad, incluyendo la cirrosis hepática y el hepatocarcinoma.

Dr. Avilio Méndez Flores

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La hepatitis A

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Esta enfermedad se transmite por medio de las comidas o de las aguas contaminadas o el contacto con personas infectadas en el momento. El virus de la hepatitis A se aloja en las heces de una persona infectada durante el período de incubación de 15 a 45 días antes de que se presenten los síntomas y durante la primera semana de la enfermedad. La sangre y las secreciones corporales también pueden ser infectantes.

El virus de la hepatitis A no permanece en el cuerpo después de que la infección se ha resuelto y no hay estado de portador (una persona o animal que disemina la enfermedad a otros pero que no resulta enfermo).

Los síntomas asociados con la hepatitis A son similares a los de la gripe, pero la piel y los ojos se tornan amarillos (ictericia), debido a que el hígado, por la inflamación, no es capaz de filtrar la bilirrubina de la sangre.

Otras infecciones comunes por el virus de la hepatitis son la hepatitis B y de la hepatitis C, pero la hepatitis A es la menos grave y la más leve de estas enfermedades. De hecho, la hepatitis A, a diferencia de las otras dos, no se vuelve crónica.

Síntomas:

Ictericia. Fatiga, Pérdida del apetito. Náusea y vómito. Fiebre baja. Heces de color arcilla o pálidas. Orinas oscuras

En el examen físico del abdomen, el médico puede descubrir un agrandamiento y sensibilidad del hígado.

En sangre se encontrarán disminuidos los linfocitos y elevadas las transaminasas y la bilirrubina. En orina aparecerá aumentada también esta última o sus derivados.

No existe un tratamiento específico para la hepatitis A, pero se recomienda al paciente estar en reposo durante la fase aguda de la enfermedad, cuando los síntomas son más severos. Además, las personas con hepatitis aguda deben evitar el consumo de alcohol y cualquier sustancia que sea tóxica para el hígado, incluyendo el acetaminofén

Las comidas grasosas pueden causar vómitos debido a que las secreciones del hígado que se necesitan para digerir las grasas están disminuidas y lo mejor es evitarlas durante la fase aguda.

Más del 85% de las personas con hepatitis A se recuperan en un período de tres meses y más del 99% se recuperan dentro de un período de 6 meses.

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Generalmente no hay complicaciones.

La persona debe buscar asistencia médica si los síntomas indican que puede tener hepatitis A.

La transmisión del virus se puede prevenir evitando agua y alimentos que puedan no estar limpios, y mediante un lavado cuidadoso de las manos después de usar el sanitario, así como con una limpieza minuciosa si hay algún contacto con la sangre, las heces o cualquier líquido corporal de una persona afectada.

Las personas que permanecen en guarderías o en instituciones en las que están en contacto cercano con otras personas pueden ser más susceptibles a la rápida transmisión de la hepatitis A. Sin embargo, un lavado minucioso de las manos y buenos hábitos de higiene antes y después de cada cambio de pañal, antes de servir los alimentos y después de usar el sanitario pueden ayudar a prevenir epidemias institucionales.

La inmunoglobulina se debe administrar a todos los que están en contacto cercano con personas con hepatitis A.

Existen vacunas disponibles para protegerse contra la infección de la hepatitis A. La vacuna HAV comienza a proteger 4 semanas después de recibir la dosis inicial y se requiere un refuerzo de 6 a 12 meses para lograr una protección duradera.

Las personas que se deben vacunar son, entre otras, las siguientes:

Aquellas que viajen a áreas o países con niveles altos de hepatitis A. También los drogadictos y aquellas que padezcan la infección crónica de hepatitis B ó C

Dr. Avilio Méndez Flores

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La hepatitis B

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El virus de la hepatitis B se propaga a través de la sangre y otros fluidos corporales. La infección se puede presentar si la persona:

• Recibe transfusiones de sangre.
• Tiene contacto con sangre en escenarios de atención médica.
• Se ha sometido a tatuajes o acupuntura con instrumentos contaminados.
• Ha compartido agujas al consumir drogas.
• Ha tenido relaciones sexuales sin precaución con una persona infectada

El virus de la hepatitis B se le puede transmitir a un bebé durante el parto o poco después si la madre está infectada.

El riesgo de llegar a infectarse de manera crónica depende de la edad de la persona en el momento de la infección. La mayoría de los recién nacidos y alrededor del 50% de los niños infectados con hepatitis B desarrollan hepatitis crónica. Sólo unos pocos adultos infectados con VHB desarrollan dicha afección crónica.

La mayor parte del daño del virus de la hepatitis B se debe a la respuesta del cuerpo a la infección. Cuando la respuesta inmunitaria del cuerpo detecta la infección, envía células especiales para combatirla. Sin embargo, estas células que combaten la enfermedad pueden llevar a la inflamación del hígado. El daño hepático también interfiere con la capacidad del cuerpo para deshacerse de la bilirrubina, un producto de la descomposición de glóbulos rojos viejos. Esto lleva a que se presente ictericia (coloración amarillenta de los ojos y del cuerpo) y orina turbia.

Toma alrededor de 1-6 meses desde el momento de la infección hasta que aparecen los síntomas de hepatitis aguda. Los síntomas iniciales pueden abarcar:

Pérdida del apetito. Fatiga. Fiebre baja. Dolores musculares y articulares. Náuseas y vómitos. Piel amarilla y orina turbia debido a la ictericia

Se hacen los siguientes exámenes para ayudar a diagnosticar la hepatitis B: Nivel de albúmina (puede estar bajo). Pruebas analíticas de anticuerpos contra la hepatitis B. Pruebas de la función hepática. Tiempo de protrombina (puede incrementarse debido a insuficiencia hepática severa)

La hepatitis aguda no necesita un tratamiento diferente al monitoreo cuidadoso de la función hepática, lo cual involucra exámenes de sangre. En los casos raros en que la persona desarrolla insuficiencia hepática, se le debe monitorear en una unidad de cuidados intensivos (UCI) hasta que se recupere o hasta que sea necesario un trasplante de hígado, que es la única cura en estos casos.

El daño hepático le dificulta al hígado su capacidad de descomponer proteínas, de manera que se debe restringir la ingesta proteica. Se administrarán medicamentos para limitar la producción de proteínas por parte de las bacterias en el cuerpo.

El tratamiento de la hepatitis crónica consiste en medicamentos para tratar infecciones y reducir la inflamación y otros síntomas. Asimismo, el transplante de hígado se utiliza para tratar la enfermedad hepática por hepatitis B crónica en estado terminal.

La enfermedad aguda generalmente desaparece después de 2 o 3 semanas y el hígado vuelve a la normalidad en aproximadamente 4 meses. Algunas personas infectadas desarrollan hepatitis crónica.

La hepatitis B es mortal en aproximadamente un 1% de los casos.

Existe una tasa de carcinoma hepatocelular más alta en aquellas personas que han tenido hepatitis B que en la población general. Otras complicaciones pueden abarcar: Hepatitis crónica y persistente. Cirrosis

Se debe consultar con el médico si se presentan síntomas de hepatitis B. Igualmente, se debe consultar si los síntomas de la hepatitis B no desaparecen en 2 o 3 semanas, si se desarrollan nuevos síntomas o si la persona pertenece a un grupo de alto riesgo para hepatitis B y todavía no ha sido vacunada contra la enfermedad.

Las personas que están en alto riesgo, incluyendo los trabajadores de la salud y aquellos que conviven con alguien con hepatitis B, deben hacerse aplicar la vacuna contra la hepatitis B. Se recomienda la vacunación de todos los recién nacidos y niños que no hayan llegado todavía a la pubertad. Los bebés nacidos de madres que en el momento tengan hepatitis B aguda o que hayan tenido la infección reciben vacunas especiales que incluyen la administración de inmunoglobulina contra la hepatitis B y vacunación contra la hepatitis B en las 12 horas posteriores al nacimiento.

El examen de toda la sangre donada ha reducido la probabilidad de contraer hepatitis B en una transfusión de sangre. La notificación obligatoria de esta enfermedad permite a los trabajadores de la salud del estado rastrear a las personas que han estado expuestas al virus y vacunar a aquellos que aún no han desarrollado la enfermedad.

Se debe evitar el contacto sexual con una persona que padezca hepatitis B crónica o aguda. El uso de condones, si se hace en forma sistemática y apropiada, también puede reducir el riesgo de desarrollar esta afección.

Dr. Avilio Méndez Flores

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Trastornos autoinmunes

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El sistema inmunitario se encarga de proteger el cuerpo respondiendo ante los microorganismos invasores, como virus o bacterias, mediante la producción de anticuerpos o linfocitos sensibilizados. Pero en ciertos casos, las células del sistema inmunitario atacan las mismas células que deberían proteger. Esto puede conducir a una gran variedad de enfermedades llamadas autoinmunes, dependiendo de cuál sea el órgano o sistema atacado.

En condiciones normales el sistema inmunitario puede distinguir las células propias de las células o agentes extraños, pero algunos linfocitos son capaces de reaccionar contra uno mismo, dando por resultado una reacción autoinmune. Es de esperarse que estos linfocitos sean suprimidos por otros linfocitos. La autoinmunidad ocurre de manera natural en todas las personas hasta un cierto grado; y en la mayoría de nosotros no provoca enfermedades. Las enfermedades autoinmunes ocurren cuando se produce cierta alteración en el proceso de control, permitiendo que los linfocitos eviten la supresión, o cuando hay una alteración en algún tejido del cuerpo, de modo que ya no es reconocido como propio y es atacado.

No se conocen del todo los mecanismos exactos que producen estos cambios; pero las bacterias, los virus, las toxinas, y algunos fármacos pueden desempeñar un papel en la aparición de un proceso autoinmune en personas con alguna predisposición genética para desarrollar dicha enfermedad.

Se piensa que la inflamación como parte de la reacción inmunitaria normal iniciada para destruir a estos agentes tóxicos o infecciosos, provoca de alguna manera una sensibilización hacia los tejidos propios implicados. (La sensibilización de los linfocitos es el proceso que los especializa en destruir determinados antígenos específicos).

Los órganos y tejidos que se ven comúnmente afectados por trastornos autoinmunes son los componentes de la sangre como los glóbulos rojos, los vasos sanguíneos, los tejidos conectivos, las glándulas endocrinas como la tiroides o el páncreas, los músculos, las articulaciones y la piel. Los procesos autoinmunes pueden tener varios resultados, por ejemplo, destrucción lenta de un tipo específico de células o de tejido, estimulación excesiva del crecimiento de un órgano, o interferencia en su función. Los pacientes pueden experimentar varias enfermedades autoinmunes al mismo tiempo.

Las enfermedades autoinmunes pueden ser órgano-específicas y no órgano-específicas. En las primeras, el proceso autoinmune se dirige sobre todo contra un órgano. Por ejemplo, la tiroiditis de Hashimoto (glándula de tiroides), la anemia perniciosa (estómago), la enfermedad de Addison (glándulas suprarrenales), y la diabetes insulina-dependiente o diabetes tipo I (páncreas).

En las enfermedades no órgano específicas, la actividad autoinmune se extiende por todo el cuerpo. Entre ellas se encuentran artritis reumatoide, el lupus eritematoso sistémico, y la dermatomiositis.

Hay más de 80 tipos de enfermedades autoinmunes diferentes y cada una de ellas presenta síntomas distintos. Sin embargo, existen algunos síntomas muy inespecíficos que pueden aparecer en todas ellas. Son los siguientes: fatiga, mareo, malestar general y febrícula.

De primera importancia en el tratamiento de cualquier enfermedad autoinmune es la corrección de cualquier deficiencia importante causada por ella. Por ejemplo, la administración de las hormonas que no están siendo producidas por una glándula, tal como la tiroxina en una enfermedad autoinmune de la tiroides, o la insulina en la diabetes tipo I. En las enfermedades autoinmunes que afectan a la sangre, el tratamiento puede implicar la sustitución de los componentes de la sangre mediante exanguinotransfusión.

En segundo lugar en importancia se encuentra la disminución de la actividad del sistema inmunitario. Esto hace necesario un equilibrio delicado, controlando la enfermedad al mismo tiempo que se mantiene la capacidad del cuerpo de luchar contra la enfermedad en general. Los medicamentos utilizados habitualmente son corticosteroides. Enfermedades más severas pueden tratarse con otros fármacos inmunosupresores más potentes. Sin embargo, todos estos medicamentos pueden dañar rápidamente tejidos cuyas células están en proceso de división, como la médula, de modo que han de utilizarse con precaución.

El tratamiento con inmunoglobulina intravenosa se utiliza en el tratamiento de varias enfermedades autoinmunes para reducir los complejos inmunes circulantes. Algunas formas suaves de enfermedades autoinmunes reumáticas se tratan aliviando los síntomas con antiinflamatorios no esteroideos. Se están investigando medicamentos que actúan más específicamente en el sistema inmunitario, por ejemplo, bloqueando una reacción particular de hipersensibilidad.

La capacidad para desarrollar una enfermedad autoinmune está determinada por un rasgo genético dominante muy común (presente en el 20 por ciento de la población) que puede presentarse en forma de diversas enfermedades autoinmunes dentro de la misma familia. Pero la predisposición genética por sí sola no provoca el desarrollo de enfermedad autoinmune.

Parece ser que otros factores necesitan estar presentes también para iniciar el proceso de la enfermedad.

Es importante que los miembros de una familia que tienen una enfermedad autoinmune mencionen este hecho a los médicos cuando otro miembro de la familia está experimentando problemas médicos que parecen ser difíciles de diagnosticar.

La mayoría de las enfermedades autoinmunes ocurren en mujeres, sobre todo durante sus años de la maternidad. Estas enfermedades tienden a aparecer en familias, así que los genes, junto con la manera en que el sistema inmunitario responde a ciertos desencadenantes, influyen en tus probabilidades de padecer una de estas enfermedades. Si se piensa que se puede tener una enfermedad autoinmune, se debe preguntar a los miembros de la familia si han tenido síntomas iguales.

Algunas de las enfermedades autoinmunes más frecuentes:

Anemia perniciosa, Lupus eritematoso, Hepatitis autoinmune, Enfermedad de Crhon, Colitis ulcerosa, Diabetes tipo 1, Miocarditis, Fiebre reumática, Espondilitis anquilosante, Artritis reumatoide, Glomérulonefritis, Miastenia gravis, Síndrome de Guillian-Barré, Esclerosis múltiple, Alopecia areata, Psoriasis, Vitíligo, etc.

Dr. Avilio Méndez Flores

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